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Final feliz de Nanuk y Nadia (26-06-07)

Nanuk y Nadia

Un sábado por la noche, como siempre, al acabar el trabajo del albergue nos fuimos a cenar a la pizzería del pueblo. Pero aquella noche, al salir, nos esperaba una sorpresa. Un perro, en la puerta, movía el rabito a todo el que pasaba por allí. Era grande, mayor y no muy agraciado (para qué nos vamos a engañar), pero su mirada reflejaba ansias de atención y cariño. Lo recogimos y lo llevamos al albergue.

Desde aquel día han pasado 4 largos años. Nanuk al principio estaba contento, pero al tiempo adelgazó mucho. No sabíamos qué le pasaba, pues su salud era buena. Pasaron muchas compañeras por su jaula (a él sólo le gustan las perritas), y todas se iban a un hogar. Empezó a angustiarse, pues sabía que cuanto más tiempo pasaba, más difícil era que alguien lo quisiera como compañero. Adelgazó más. Nos propusimos pasearle más veces, darle atención especial. Le trasladamos de una jaula a otra más grande, donde veía pasar gente y coches. Y mejoró mucho. Engordó, su boca casi sin dientes parecía reírse, y su rabo no descansaba nunca. Así pasaba el tiempo, y Nanuk parecía haberse resignado a considerar su jaula como su único hogar. Un día llegó una familia, los padres y el hijo. Querían apadrinar un perro, el más desgraciado. Sin dudar, les dirigimos a Nanuk. Les advertimos repetidas veces que al sacarlo tuvieran cuidado con otros machos, y así lo hicieron. Sábado tras sábado, venían, le sacaban, le traían golosinas y le daban lo que más necesitaba Nanuk: atención y cariño. En cuanto los veía bajar la cuesta del albergue, se ponía loco de contento. Al salir, les hacía fiestas y mimos. Ya era "su" perro. Con él comenzaron a pasear a Nadia, una pastorcita alemana compañera de Nanuk, si cabe aún más vieja que él y mucho peor adaptada a la jaula que era su hogar desde hacía dos años y medio.

Al cabo de unos meses, los padrinos de Nanuk se acercaron a hablar con nosotros. Lo que nos dijeron nos pareció tan bueno que no podía ser verdad: en verano se mudaban a un chalet y querían llevarse a Nanuk y a Nadia. Nos alegramos, pero la fecha era lejana y no nos hicimos ilusiones. Con estos pobres perros con tan mala suerte, pensamos, seguro que algo ocurría para que no se los llevasen.

Llegó el verano. Los más confiados esperaban el día que dijeran: hoy es el día, nos los llevamos. Los más desconfiados nos fijábamos en que los padrinos llevaban varias semanas sin venir. Estábamos todos a la espera, en tensión. En la oficina sonó el teléfono, como tantas veces a lo largo del día. "¿Sí?" "Somos los padrinos de Nanuk". ¡Por fin! Su ausencia, explicaron, se debía a la mudanza, pero este martes irían a por ellos. No nos lo podíamos creer. Subimos varias voluntarias, hemos de reconocer que jamás hubo adoptantes mejor atendidos. Nanuk y Nadia parecían saber que algo pasaba, pues estaban muy contentos y excitados. Collares nuevos, correas, unos pinchazos, unas firmitas... ¡y listo! Subidos en la furgoneta camino de su nuevo hogar. Fue un martes y 13, día de buenísima suerte para ellos, y de alegría enorme para nosotros. Desde aquí, todo nuestro cariño para dos perros viejitos y muy, muy especiales.

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