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Un año de voluntariado en Anaa (por Por Graciela Fernández)

 Un año de voluntariado en ANAA

(por Graciela Fernández)

 

"Díficil, muy difícil explicar un año de voluntaria en ANAA

Son muchas sensaciones, algo que llevas dentro,  que llena,  complicado de definir. Pero lo voy a intentar.

.. La primera toma de contacto fue el curso con Conny (si yo fuera presidente la ponía de portavoz fijo, fijo, qué discurso la tía). Dos días en los que te das de bruces con la realidad del abandono en este mundo tan cruel a veces.  Cuando llegué a casa me tiré 37 horas seguidas explicándole a mi chico las maldades del ser humano, los criaderos infames… Su respuesta: “eso es una secta” (jajaja). 

Rebusqué en el armario y me hice con un kit nave:  chándal evita-pelos, riñonera (decían que era un complemento hortera pero ¡qué gran invento! ) y muchas ganas en la mochila.

Mi primer día con los peludos en el patio acabó con tres cajas de kleenex. Es lo que tiene ser hipersensible. Y sí, terminé llorando a moco tendido pensando que me los llevaría a todos a casa, pero también con una idea: VOLVER.

Quería volver, para demostrarles a esos cuatro patas que hay muchos humanos con una mano dispuesta a acariciar, a dar mimos, a susurrar “ya pasó peque, ahora estás bien”.

Recuerdo mi primer intrusión en territorio gatuno  (pa una que se consideraba perruna al cien por cien). Tres arañazos después y tras liberarme de un rubio que se me agarro en plan camafeo al forro polar aprendí  a querer a esos seres desconocidos que hacen “miau” y  estiran la patina para recibir mimos (eso sí, sigo con ojos en la nuca, ¡cagona que soy con los felinos!).

Han sido 365 días de recibir, de terapia personal y de alegrías.

Días de lluvia que no te moja porque sólo importa que las cunas estén secas. Días de calor sofocante con el que ni sudas, porque sólo piensas en que ellos estén a gustito. 

Por eso si me preguntas por qué soy voluntaria te diré que “por mí, pero sobre todo por todos mis compañeros”. Esos seres indefensos que se merecen algo mejor.

Gracias a todos. 

A mis compis. Por aguantar 300 preguntas sobre la cantidad de lejía adecuada para desinfectar (uff todavía no le pillo el truco, sale espuma como pa fregar la Zarzuela). Y eso que ojo, llevo cuatro meses sin limpiar los cristales de mi casa pero cachorreras las dejo como los chorros del oro.

Pero sobre todo gracias a ellos, a esos cuatro patas por darme todo sin pedir nada. Por despedirme a ladridos en el patio cuando cojo el coche para volver a casa. Por hacerme sonreír  a base de lametazos esos días que se tuercen. Por  esas miradas que derriten.Porque espero sacar tiempo para volver siempre.

Ah por cierto, mi chico me dijo ayer: “no dejes esa secta porque te hace muy feliz”. Graciela Fernández

 

 

 

 

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