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Ese día tan esperado. Historia de una madrina

 

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ESE DIA TAN ESPERADO

Todo empezó hace siete años en un día normal, a mí siempre me han gustado los animales y como todos los niños quería un perro. El problema es dedicarle todo el cariño y la atención que necesita.

A mi madre se le ocurrió que se podría apadrinar un perro hasta que yo fuera mayor. Me puse como una loca a buscar información en el ordenador y encontré una asociación que estaba cerca de nuestra casa llamada ANAA. Ese mismo sábado fuimos a buscarlo. Nunca había estado tan contenta, me hacía muchísima ilusión. Sabíamos más o menos donde estaba y preguntamos en los pueblos próximos, pero nadie lo conocía. No era como ahora. Me fui muy triste, casi llorando pero enseguida nos pusimos en contacto a través del correo y nos dieron la localización exacta. Por fin al siguiente sábado lo encontramos. Nos atendió una chica muy simpática.

Después nos fuimos a… ¡Escoger mi perro! Nos enseñaron algunos, pero cuando llegamos a donde estaba Bronte, ya no quise ver más. No era bonito, pero yo sentí algo especial por él. Esperaba toda la semana con ilusión para que llegara el sábado y poder sacar a mi perro, acariciarle y tan solo pasar un rato con él. Tenía un poco de miedo pero cuando cogió confianza fue cariñoso. Un día mirando la web, me enteré que lo habían adoptado, me puse muy triste y lloré. Después se me pasó cuando comprendí que era lo mejor para él, que por fin podría estar todo el tiempo con una familia.

El siguiente fue un perro gigante, juguetón y simpático. Así era Bache. Solo nos duró dos semanas. Esta vez fue menos duro. Y llegó Biski, muy enferma de sarna. Era cariñosa, pero no sabía jugar con la pelota. La adoptó una voluntaria el día de mi cumpleaños. El conocer la familia a la que iba, cambió las cosas. Desde ese momento que adoptaran a mi perro ya fue siempre una buena noticia.

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El siguiente fue Tren. Cuando pasé por delante de donde él estaba sentado justo enfrente de la puerta, sin ladrar, simplemente sentado y nos miramos, sentí algo que no puedo explicar. Tren era una mezcla de bóxer, atigrado, precioso. No le habían puesto el nombre por casualidad, no podía estarse quieto, tiraba de la correa, saltaba encima, ladraba, quería jugar con todo, corría de un lado para otro. No hacía caso de nadie y tampoco se llevaba bien con otros perros. Fue nuestro amigo, nuestro alumno listísimo y nuestro pequeño durante casi un año. En ese tiempo aprendió mucho. Lo aprendió todo. A jugar de manera ordenada, a pasear con la correa, a tolerar a otros perros y a no subirse. Bueno, a veces no lo podía evitar. De tirarnos a casi todos al principio llegó a poder ir sin correa, al lado, mientras le tocabas el lomo y le decías “junto”. Tuvimos mucha suerte y él también cuando lo adoptó una pareja. Nos enviaron fotos y es feliz.

Después vinieron Dorys, Tiesito, Waiting, que se parecía a Tren, pero no era como él. Detrás fueron Kiube y Kaldur. Éstos estaban en un chenil con Rayox, un doberman muy tranquilo, (para que luego digan) y con Earthsong, una mezcla de pitbulll tan nerviosa que escalaba las paredes. Cuando adoptaron a Rayox aprendimos lo importante que es un buen jefe de chenil. Al irse se desequilibró la manada y hubo que separarlos, porque ya no se llevaban bien.

Después tuvimos a Conrad, Cencerro y Neón (un buen perro para tirar del arado, como nos dijo una vez un voluntario). Tras ellos nuestro Gus/Zus. Un pastor alemán tan bonito, tan bueno y tan triste. Otro perro perfecto para vivir en una familia. Estará ahora feliz con una familia.

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Con Jackson, el hermano de Earthsong, vimos que lo de los nervios pueden ser de familia, pero conseguimos enseñarle a buscar. Tras una época con una perra medio cachorra, Laumi, que había sido madre, pero no sabía qué hacer con sus cachorros, tuvimos a Mantxo. Tal vez nuestro perro más difícil. Un bóxer purísimo pero completamente sordo. Le adoptaron pero destrozó una casa al quedarse solo y lo devolvieron. Seguimos trabajando con él hasta que lo llevaron a Alemania. Y apadrinamos a nuestra vieja amiga Earthsong. Parecía imposible de civilizar, pero pasó por una casa de acogida y cambió. A lo mejor algún día me dejan mis padres tener algún perro en acogida y puedo ayudarle como lo hicieron con nuestra amiga.

 

Ahora tenemos a Panchi. Parece imposible que un perro tan bonito y cariñoso pueda tener tanto miedo. Intentamos trabajar con él, pero los sábados no quiere salir. Hay demasiada gente.

Mis padres dicen que apadrinar un perro es muy educativo, que ayuda a asumir responsabilidades y además se ayuda a alguien que no ha tenido mucha suerte. Pero para mí ANAA es como una segunda casa, he pasado horas y horas disfrutando, pero también sufro mucho por los animales que han sido maltratados, no solo físicamente sino también psicológicamente. A mí me gusta mucho ir allí pero cuando me voy a mi casa pienso que ahí sigue mi perro, sin el calor de una familia.

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Amalia del Río Alfonso.

22/10/2013

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